martes, 21 de mayo de 2013

LA MADRE DE TODOS LOS ABRAZOS


El sábado siguiente a la presentación del libro organicé una comida con mis amigos más íntimos para celebrar el éxito de la convocatoria. Más que la celebración en sí, lo que me apetecía de verdad era cotillear, escuchar las anécdotas que cada uno de ellos había captado desde su propia vivencia. Necesitaba bajar de la nube en que me había subido tras el inolvidable abrazo (“Me hubiera quedado ahí toda la vida”, me confesó mi madre al día siguiente) y la interminable ovación que me dedicaron todos los presentes al finalizar la entrevista de Albert Om.

Hasta esa comida, llevaba dos noches saboreando en mi memoria las muestras de cariño que recibí de decenas de familiares, amigos y conocidos que, bien de forma presencial, bien a través de la tecnología, bien con el pensamiento, me acompañaron en esa velada. No quiero destacar a nadie en particular. Ni lo hice entonces, ni lo haré ahora. Mi agradecimiento es extensible a todas y cada una de las personas que, de manera más o menos amigable, se han relacionado conmigo a lo largo de mi vida.

Lo que sí quiero hacer en este post es tratar de explicar algo inexplicable: la conexión que se creó en la sala. Me he revisado los vídeos y aún no logro entender el fenómeno. No creo que fuera el mensaje lo que captó la atención del público. Tampoco creo que  fuera la novedad la causante de esos silencios tan cargados de significado. Cuanto más pienso sobre la cuestión, más me convenzo de que no fue el ‘qué dije’ lo que me conectó con la audiencia, sino el ‘desde donde lo dije’. Sí, reconozco que durante los primeros cinco minutos estaba muy nervioso, pero a medida que avanzaba la entrevista, y, sobre todo, durante el turno de preguntas, fui cogiendo el hilo de mi genuinidad y empecé a tejer un mensaje cuyas palabras fluían de manera natural, ajenas a las indicaciones que recibían de mi mente. Respondí cada cuestión sin pensar en el libro, ni en la promoción, ni tan siquiera en la imagen que podía estar causando entre los asistentes. Me conecté profundamente con mi experiencia sentida. Cada cosa que dije la traté de mostrar desde el sentir, no desde el pensar. Y fue esa conexión con lo experimentado lo que, en mi opinión, traspasó la mente de cada participante y descendió hasta su hara, ese lugar mágico localizado en la parte inferior del vientre que nos conecta con la conciencia universal, con la certeza. Con el amor.

De ahí la ovación. De ahí la euforia. Sí, aquel aplauso final estaba repleto de amor. De ‘esas palabras me pertenecen’. De ‘ese lugar desde el que hablas es el mío’. De ‘me reconozco’. De ‘te reconozco’. De ‘soy Amor’.

10 comentarios:

Catalina Fotografia dijo...

Es q es eso. Desde donde se habla. Desde donde se grita, se pide y se declara el alma a través de las palabras. Eso se tradujo en conexion, empatia y en un acorde común. Hara, que lindo sitio...no lo conocía, ahora lo acaricio y le hablaré para que me ayude.

Isabel dijo...

Me has hecho reflexionar, como siempre... Y comparto esta reflexión. Desde que las conversaciones con nuestros clientes, tanto desde los emails como verbales, las hago desde ese espacio que tu hablas, olvidandome de objetivos y facturaciones, empatizando con sus necesidades, y desde el sentir... he experimentado que todo es mas fácil y curiosamente los resultados mucho ma positivos ...

Francesc Granja dijo...

Catalina, el harakiri es el suicidio japonés. La persona se quita la vida con un corte horizontal en el bajo vientre.

Francesc Granja dijo...

Isabel, cómo me gusta tu comentario. Es esperanzador saber que hay personas como tú que ven la empresa como un entorno amigable y honesto. Y no solo lo ven, sino que lo practican.

Anónimo dijo...

No suelo hacer comentarios en los blogs porque siempre me viene el miedo a que se mal interpreten mis palabras.
Todo lo que dices en tu post es cierto..has llegado en un punto de connexion contigo mismo que pocos lograremos sin parecer soberbios o tontos.
Como puede uno saber "ser" en lugar de saber "estar"?
Es un trabajo cotidiano, un deber, diria yo muy dificil de estudiar por miles de cosas obvias; el miedo, el entorno,la sociedad, la herencia..etc..etc...llegar a este punto de honestitad pide mucha reflexion y humildad.
Creo que mucha gente no sabe como interpretarse y actua en un papel que no es suyo ..y hablo en primer persona.
Un abrazo .

Teresa dijo...

Bueno, lo que dijiste venía desde el corazón. Así no hay que pensar, sólo dejar que fluyan los sentimientos y eso llegó y desató esa conexión mágica entre tú y los que estábamos contigo. Éxito total. Un abrazo

Anónimo dijo...

En la 307 del Ateneu ya percibí una actitud distinta al resto. Cruzamos, en el descanso, una breve identificación, pequeño reconocimiento mutuo. Coincidimos en la presión a que te someten las multinacionales y te comente que me había apartado de la vida profesional después de haber sufrido una gran perdida. A la siguiente semana tu añadiste un comentario, obviado la primera vez, con respecto a tu desafortunado accidente. Para mi, se ilumino el aula. Tenía ante mi un hombre honesto. No me había equivocado en cuanto a distinguirte (y no es mi deseo molestar a nadie). Ahora que te he descubierto a través de tu magnífico libro y tengo la oportunidad de decírtelo por escrito: Grito a los cuatro vientos ¡Gracias por la lección de vida que me has dado! Eres un hombre que tienes la fortuna dé levitas sobre la tierra gracias a tu silla y a tu corazón emocionado que contagia vida.

Francesc Granja dijo...

Anónimo, 'contagiar vida'. Qué expresión tan bonita. Cuánta maestría esconden tus palabras. Cuánta honradez. Te abrazo.

ABS dijo...

Hola Francesc. Te acabo de conocer virtualmente .
No sabia que existias. Igual que tantisima gente que nos cruzamos en el dia . Las cosas pasan por algo. Un aviso. Una parada en la vida. Un cambio de rumbo. Ahora escribes cosas bonitas y la gente te lo agradece. Eres mas famoso que antes! Muchas gracias porque me has alegrado el dia. Te mando un fuerte abrazo.

Francesc Granja dijo...

ABS, gracias por tu visita y tu comentario. No hay piropo más bonito que el que me acabas de hacer: "Me has alegrado el día". Te lo devuelvo.