viernes, 5 de julio de 2013

TRIGO LIMPIO


Hace varios días que acabé un curso de narrativa en el Ateneu Barcelonès que me ha tenido absolutamente enganchado. Su conductor, Javier Argüello, es uno de esos escasos profesionales que, además de ser un experto en su materia, tiene la maravillosa capacidad para transmitir el conocimiento a través de la pasión. Me quedo con su adorable trato hacia las diferentes sensibilidades del grupo. Me quedo con su impecable dominio de la técnica narrativa. Me quedo con su valentía a la hora de exponer públicamente las opiniones sobre los ejercicios presentados y de extraer una clase maestra a partir del análisis de cada uno de ellos.

Y, por destacar alguna de sus perlas, me quedo con la distinción que hizo sobre el concepto de la originalidad. Javier nos explicó que los escritores o los artistas, e incluso la sociedad, hemos desvirtuado la idea de la originalidad. Que le hemos atribuido el valor de lo diferente, lo nuevo. Tenemos la creencia que para ser original tenemos que innovar y hacer algo que nadie había hecho antes. Sin embargo, la etimología de la palabra nos indica claramente que la originalidad está relacionada con el origen (“origo” en latín es comienzo). Decía Javier que las obras originales lo son porque tocan y muestran el origen de quien las creó. Porque hablan de la esencia del autor. Cuando nos emocionamos al leer un texto o escuchar una ópera o mirar un cuadro estamos conectando con el alma del escritor o el compositor o el pintor. Y es esa conexión con la autenticidad lo que hace nuevas y diferentes las expresiones artísticas. Porque al final todo está dicho y todo está escrito, pero la manera en que se expresa, es decir, el lugar del que brota la obra es único.

Gracias, Javier, por enseñar con tanta originalidad.

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