sábado, 21 de mayo de 2016

CREER PARA SUFRIR

Creencias, juicios, ideas preconcebidas, historias. Sea cual sea la nomenclatura que utilicemos, el caso es que hay una parte de nuestro sufrimiento vital que nace en nuestra mente. La meditación o el mindfullness son técnicas que evitan esa diálogo incesante tratando de llegar al silencio, la quietud y la presencia con la respiración. Otra manera de reducir el ‘ruido mental’ es intentar cambiar aquellos pensamientos que nos bloquean la vida por otros que nos muevan a la acción y a la búsqueda del bienestar. En este post hablaré de dos técnicas que me parecen interesantes: The Work y la Terapia Narrativa.

Conocí el trabajo de Byron Katie a través de Elma Roura, una profesora de tantra y terapeuta que utiliza esta metodología para aliviar el sufrimiento de sus pacientes. The work, que así es como se llama la técnica de Katie, propone un trabajo de indagación a través de unas sencillas preguntas que van a permitir a la persona una reinterpretación de sus creencias y, así, dejar de ser una víctima y tomar responsabilidad en su vida. Este método funciona mucho mejor cuando las creencias se aplican a otra persona: la pareja, los hijos, el jefe, etc. Al final del proceso, uno siempre llega a la conclusión de que el otro nunca tiene la culpa de mi infelicidad, sino que son mis creencias sobre el otro lo que causa mi malestar.

El mismo enfoque, pero con diferentes técnicas, lo encontré en la Terapia Narrativa. Esta línea de trabajo, que fue desarrollada por Michael White and David Epston, propone que cambiemos aquellas historias que nos han contado sobre nosotros mismos (y que nos hemos creído) y que nos causan descontento. La idea es separar la persona del problema y, cuando eso ocurre, intentar examinar cuidadosamente la dinámica y la dirección de la interacción entre personas y problemas. Entonces puede abordarse una pregunta crucial: ¿está consiguiendo el problema más influencia sobre la persona, o está la persona consiguiendo una mayor influencia sobre el problema?


En ambos casos, la intención es la misma: cuestionar eso que llamamos realidad y reinterpretarlo en nuestro propio beneficio emocional.

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