jueves, 2 de junio de 2016

EL VIEJO SEMPITERNO

Eladio es un ser muy vivido que mira a ratos y habita en un porte desgarbado de profesor universitario. En sus discursos utiliza un verbo añejo y mordaz que mueve la conciencia de quienes lo escuchan. De vez en cuando, más de vez que de cuando, se manda a callar para hablarse y reflexionarse, y es en esos silencios donde se puede escuchar a gritos su atormentada bondad. Sí, Eladio rezuma desolación porque atesora un invento que puede salvar millones de vidas y que no ha visto la luz porque los únicos que se han interesado por él son una pandilla de tecnócratas insensibles que sólo piensan en seguir alimentando la avaricia que ha roto el saco de la decencia humana. «Y a estos, ni agua.» —se queja.

Tras una comida más que agradable, detuve el café para proponerle un contacto de la administración que sugería muchas esperanzas. Eladio cogió un poco de distancia y trató de camuflar su emoción detrás de unos cristales tintados. Quizá esa era la última oportunidad para convertir su idea en realidad. 


Su llanto me dejó mudo. Roto y lacio. Y así llevo unos cuantos días, disuelto entre las lágrimas de un científico con una sensibilidad y generosidad tan sublimes que elevan al infinito la esperanza en la humanidad. 

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